Abytar Blanco: el arte y la divinidad en la tierra

Terra mama me enseña

cambia las flores

las estaciones pintan las suelas del viajero

sabe a tierra y soy pasajero

“Aguacero”, Perotá Chingó

Abytar, antes conocida como Abigail Blanco, recibió el llamado de la tierra desde pequeña, cuando soñaba con rescatar vestigios humanos o fósiles del polvo y el olvido. Después la guio para que conociera sus colores ocultos en las barrancas, entre los árboles y junto a las rocas. Ahora la invita a formar guardianes de barro, recipientes que contengan agua, que contengan vida. La tierra ha sido su gran maestra.

Imitadora de la naturaleza

En su infancia, a Aby le gustaba dibujar: copiaba las imágenes que veía en las ilustraciones, especialmente de animales. También soñaba con ser arqueóloga: “yo imaginaba el acto de buscar huesos y buscar fósiles y de restos en la tierra y caminar muchísimo, eso era mi concepción de arqueología”, cuenta.

Nunca pensó en el arte como un camino. Cuando salió de la preparatoria, primero optó por la licenciatura en Turismo, aunque en el fondo deseaba entrar a Música. Luego, estuvo un año y medio en el Instituto de Artes Visuales del Estado. Fue encontrando la vocación de moldear con sus manos durante su paso por Kraeo Estudio, que produce cine y televisión. Allí aprendió a trabajar distintos materiales para hacer marionetas, botargas y figuras como parte del diseño de producción.

En 2013, se abrió la licenciatura de Artes Plásticas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y Aby simplemente entró. “Yo nunca quise ser artista, nomás siento que siento mucho. Yo, en realidad, anhelo ser un chango colibrí”, dice. Y, aun con ello, ha trabajado la gráfica, el arte textil, el teatro, el performance, la danza y la música.

Esta multidisciplinariedad que la nutre, como los minerales de la tierra a las plantas, le permitió estar en residencias artísticas nacionales e internacionales de danza y artes escénicas, tener exposiciones individuales y colectivas en Casa Olinka, el Museo de la Memoria Histórica Universitaria y la Casa de la Bóveda, estos últimos espacios de la BUAP.

La artista multidisciplinaria Abytar Blanco. Foto: Samantha Páez

Aby reflexiona: “una vez alguien me dijo que no podía hacer todo, que me tenía que enfocar en una cosa. Sé, hoy en día, que no, que puedo ser todo lo que quiera ser”. Antes, en 2015, a través de la pieza de videoarte Raíz, ya contaba que seguiría su propia ruta: Dos veces me dijeron que lo que está arriba, está abajo, que lo que existe en la tierra abunda en el cielo […] estamos hechos o quizás plantados de la misma forma que las raíces, con tallos que se aferran a la tierra […] se aferran mientras van subiendo poco a poco nuestras ramas, cada hoja trata de alcanzar el cielo, lo más alto del cielo.

Después de transitar las bifurcadas sendas del arte por unos años, tuvo un segundo llamado de la tierra: estando en San José Obrero, Chiapas, vio un altorrelieve incoloro en la casa donde se estaba quedando y no le gustó. Las personas del lugar le propusieron que lo iluminara y, a falta de sitios cercanos donde pudiera comprar pinturas, le ofrecieron cochinillas para obtener el rojo y llevarla a los sitios donde los suelos le darían los marrones y grises, el negro y el añil. Así descubrió la vastedad de tintes debajo de sus pies.

Los colores del territorio

“Siento que la pintura, la pintura con minerales, es la que me ha dado rumbo y el camino. Me ha abierto muchas puertas. Siento que antes de yo llegar a la tierra estaba como en una búsqueda, porque sentía que hacía nada con el arte. A veces decía que lo que pintaba se volvía como cadáver”, se sincera Abytar.

Las brechas que la tierra le abrió han sido muchas: ganar un apoyo para una residencia artística en la Fundación La Tintorera, en Atacama, Chile; recibir el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) en 2020 y 2022; estar en la Bienal de Arte Contemporáneo BARCO, en la Galería Jesús Gallardo, en León, Guanajuato, y participar en la exposición colectiva del Encuentro de Arte Flotante en San Juan La Laguna, Guatemala.

A partir de ese llamado, reconoció que buscaba algo más. “Estoy haciendo (arte) a partir de una necesidad, de una necesidad desde niña, una necesidad del abrazo […] siento que también estoy en búsqueda de colectividad que todavía no encuentro”, dice Aby mientras el jarrito que vive en su garganta se llena de lágrimas.

De niña soñó con ser arqueóloga y ahora la tierra es materia fundamental de sus procesos. Foto: Samantha Páez

Quizás aún no llega al paradero final, pero en el trayecto ha encontrado a otras mujeres a las que admira y con las se enraiza, como Rosa Borrás, artista textil; Isabel Tello, artista gráfica; Mary Lechuga, ilustradora; Jazmín Maldonado, artista escénica; Mónica Rivera y Sandra Flores, investigadoras de movilidad y autoconstrucción femenina, respectivamente. También a Ina y Manuel, de Casita de Barro, que trabajan con la comunidad y la reforestación.

En sus andanzas ha conocido muchos territorios y muchas personas. Cada lugar ha sido una experiencia diferente: en Pahuatlán, el recorrido para buscar los pigmentos se convirtió en un juego porque solo participaron infancias y terminó con un mural colectivo de un niño arriba de un chapulín; mientras que en Tonalá, Jalisco, las mujeres que acudieron a su taller de pintura mineral hablaron de los dolores, gritos y llantos que rodearon sus alumbramientos, de cómo en esos momentos eran más animales que humanas. Ellas hicieron máscaras de monstruas.

Para Abytar, un fragmento del territorio se queda con ella al pintar a la gente de esos lugares. “Es algo muy personal, yo (las) elijo, porque obviamente conecto con muchas personas, cuando para mí una persona se vuelve entrañable, cuando para mí esa persona es importante”, dice la no-artista. Algunos de estos retratos formaron parte de la exposición “La piel de la tierra”, durante mayo de 2023 en Casa de la Cultura de Puebla.

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El territorio es más que solo un lugar, son los seres que lo habitan (visibles e invisibles, como los guardianes y espíritus ancestrales), las relaciones que se tejen y los saberes que se movilizan, según ideas de María Eugenia García, Ana-Marcela Montanaro y Luisa María Ocaña plasmadas en el libro Eco-feminismos decoloniales: abrir miradas. También desde la mirada ecofeminista, el territorio se vincula con los cuerpos, que a su vez se relacionan con otros cuerpos en una red de vida.

La propia Aby resuena con esta idea y la amplia al arte: “tiene que ver con el compartir, con el jugar con los niños, con el tener tiempo no para estar pintando, (sino) con estar cuidando una planta, con saber de dónde vienen, con conocer plantas que nunca has visto en tu vida, de dónde nace una piña; tiene que ver, en mi proceso, con caminar”. Entonces se vincula, para ella, con el cuidado de la Tierra y sus seres.

Abytar ha trabajado con la escultura de pequeño formato con barro. Foto: Samantha Páez

Para Yunuen Díaz, artista, escritora e investigadora, la importancia de analizar la cultura desde una perspectiva feminista y socioambiental ayudaría a visibilizar trabajos estéticos que han aportado nuevas sensibilidades para promover el cuidado de la vida y a observar “las respuestas desde el arte frente a la crisis ambiental que enfrentamos globalmente”.

Así llegó el tercer llamado.

El sendero del barro

Aunque la creadora sabe que la inquietud por conocer y conectar con los territorios la llevará a abordar temas relacionados con su defensa, de momento antepone su cuidado. Defender la tierra, la naturaleza, es peligroso. De acuerdo con la organización Global Witness, en México 222 personas fueron asesinadas o desaparecidas por conflictos territoriales entre 2012 y 2024, lo que colocaría al país como el tercero más peligroso en América Latina, después de Colombia y Brasil.

“Sin duda, pienso que lo que le pasa al territorio le pasa a nuestro cuerpo, y nuestro cuerpo, como territorio, es igual. (Pero) tenemos que empezar con el cuidado propio”, dice Abytar. Partiendo de la perspectiva de los feminismos decoloniales, el cuerpo es el primer territorio de lucha de las mujeres, porque, así como la naturaleza es violentada y explotada por el capitalismo patriarcal, lo mismo ocurre con las mujeres, sobre todo las que defienden su tierra, asegura Lorena Cabnal.

Quizás por ello el tema del cuerpo y su vínculo con la tierra ha sido abordado por varias otras artistas mujeres, como la uruguaya Alejandra González Soca con su proyecto Cultivar el vacío; la mexicana Karla Rangel, en The joy of walking; la costarricense Mariela Richmond, con Tierra Maestra, o la guatemalteca Marilyn Boror, en Nos quitaron la montaña, nos dieron cemento.

Guardianes hechos por Abytar Blanco. Foto: Samantha Páez

Justo en el espacio cuerpo-territorio habitan las emociones y las sensaciones físicas que tienen una historia personal y colectiva, como diría la feminista territorial Delmy Tania Cruz. Es por ello que Aby crea desde sus heridas, sus dolores, con sinceridad y tratando de respetar su proceso. En todo ello, la tierra es su guía. “Siendo yo una persona muy desesperada, la tierra ha sido maestra, porque me enseña a ir lento y a saber que las cosas no van a ser siempre como yo quiero, van a ser como ella quiera”, confiesa.

Trabajar con la tierra llevó a Aby al barro, a entender que, si respira, el fuego lo dota de su fuerza; que, si es compacto, sirve para contener algo líquido, puede transformarse en un jarrito; que para ella es un símil del vientre y del propio planeta, porque contienen la vida. Ella cuenta sobre su relación con el jarro: “me dieron quiromasaje y yo vi un jarrón de barro aquí en mi garganta […] Siento que tiene que ver con hablar, un tema de sentirme insuficiente. Entonces, yo decía: ‘el jarrito que para mí es tan importante, es como tan suficiente, tan perfecto, es tan bello’”.

Del jarro aprendió no solo que la perfección reside también en lo simple, sino que hay miles de veredas para dominar la técnica. Cuando hizo su primera pieza a mano, esta se le agrietó al salir del horno. Sus maestras le dieron dos opciones: podía resanarla hasta que quedara uniforme y no se rompiera, o regresarla a la tierra y amasarla de nuevo para que así se volviera más resistente. Ella optó por devolverla.

En su vida, Abytar también ha vuelto al seno terrestre para tomar fuerza e inspiración. En 2025, pasó por una crisis de ansiedad. En esos momentos, realizó varias esculturas pequeñas de guardianes, de los cuales dice: “han sido tal cual acompañantes de este agujero en el que me he estado desplazando y de esa necesidad de buscar como espiritualidad, donde siento que ya no tenía”.

Dedicar tiempo a la sanación, al duelo, al cuidado y la alimentación serían parte de las prácticas comunitarias, colectivas y del buen vivir que promueven los ecofeminismos, según lo postulan Nalu Faria y Tica Moreno en su artículo Desde la vida, contra el capital: reflexiones desde una economía feminista en movimiento. Dedicar tiempo a sanar es parte del respeto al cuerpo-territorio.

Los guardianes de barro que hizo Abytar son elementales de la naturaleza, protectores del territorio: niños aves, cuidadores de la música, del viento y el habla, animales danzantes, volcanes, mujeres árbol, criaturas que abrazan el sol y el corazón. Este año, durante su residencia artística en Atacama, espera conocer a los seres incorpóreos que forman parte del lugar y escuchar sus historias.

Escultura de la presea del Premio Ciudadano de Periodismo de Género Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, realizada por Abytar Blanco. Foto: Samantha Páez

Estas figuras de espíritus, de guías, son mitad tierra y mitad música, porque la inspiración también le vino de las canciones del dúo peruano Alejandro y María Laura, como aquella que dice: “solo mis pies en la arena, solo el calor de la tierra, para dejar de inventar tragedias”, o la que suena: “Va cantando el desierto, me dice que ya falta poco para convertirme en polvo y viento”, sobre todo quizás la que afirma: “(suelta) me quiero mover de aquí para allá, (suelta) hasta que me gaste de caminar”.

Para Aby, la senda hacia el futuro está trazada: “yo me veo como nómada, pero presente, con la necesidad de moverme pero habitando cuando tenga que estar en los lugares, habitando completamente”.

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