‘El espectador’, el tercer libro del escritor José Luis Prado, fue publicado por la BUAP.
¿Qué sucede cuando una instalación artística termina convertida en libro? ¿Cómo trasladar al espacio de la página una obra pensada originalmente para ser recorrida por espectadores en una sala de exposición?
Esas preguntas atraviesan El espectador, el tercer libro del escritor poblano José Luis Prado (Puebla, 1981), publicado recientemente por la Dirección General de Publicaciones de la BUAP dentro de la colección Ficción Express. Se trata de un volumen difícil de clasificar: un conjunto de minificciones, textos curatoriales, fragmentos narrativos y pequeñas piezas ensayísticas articuladas alrededor de cuatro personajes que recorren un museo imaginario.
Un soldado con problemas de memoria, un crítico cultural snob, un músico frustrado y un periodista que se enfrenta indirectamente a la violencia contemporánea atraviesan distintas salas de museo en las que las piezas exhibidas detonan reflexiones sobre el recuerdo, la escritura, el arte, la crítica y el deterioro del presente.
Sin embargo, el origen del libro está lejos de la literatura tradicional. Todo comenzó en 2022, cuando José Luis fue invitado a participar en un proyecto de “literatura expandida” que giraba alrededor de la idea de la guerra.
“Hace unos años, en 2022, una serie de escritores me invitaron a participar en esto que llamaron ‘literatura expandida’, donde la idea era crear una pieza bajo el hilo conductor de la guerra”, recuerda José Luis Prado en entrevista con LUMBRERAS. “Justo acababa de suceder la invasión a Ucrania, y eso nos dio la posibilidad de pensar en un hilo conductor, sin que necesariamente tuviéramos que hablar del hecho ocurrido en Europa, sino más bien de cómo cada uno va enfrentándose a su propia idea de la guerra. A veces la guerra es personal y las guerras personales se vuelven más profundas”.
A partir de aquella invitación surgió una primera pieza protagonizada por un soldado con problemas de memoria. El texto funcionaba mediante notas a pie de página y fragmentos encabalgados. Su título original era Notas a pie de página para la construcción de una guerra.

“Pasó el tiempo, hicimos la exposición, leímos los textos y hablamos sobre aquello”, narra el escritor en entrevista. “Después me quedé pensando en qué función tenía haber hecho ese texto en ese formato. Siguieron pasando 2022 y 2023 y entonces se me ocurrió que podía ser la idea de una especie de collage donde muchas de las cosas que he hecho a lo largo de mi vida productiva, en periódicos, en gestión cultural, incluso algunas frustraciones, pudieran empezar a elaborar algo”.
Así comenzó a tomar forma un libro construido no desde la anécdota tradicional, sino desde la fragmentación, el montaje y la acumulación de materiales dispersos.
“No trabajo con la anécdota”, explica el también autor de la novela Migrar bordes, “como generalmente hago con la novela o el cuento, sino que hay algo que ya existe y quiero que eso ahora, de algún modo, esté afectando esta ficción”.
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La idea terminó convirtiéndose en una especie de museo literario. Cada sección del libro funciona como una sala de exposición habitada por un personaje distinto. El propio Prado reconoce que el museo apareció como un espacio natural para desarrollar sus preocupaciones sobre la memoria y la escritura.
“Me preocupaba pensar en el juego de que tanto la palabra ‘memoria’ como la palabra ‘museo’ en algún punto tienen una etimología cercana”, añade. “Si pensamos en la idea de museo, también es un lugar de la memoria. Entonces pensé que ese podía ser el espacio ideal para construir estas preocupaciones”.
A continuación puedes ver la entrevista completa de LUMBRERAS con José Luis Prado:
La memoria y la fragmentación, obsesiones del autor
La memoria y la fragmentación son, de hecho, dos obsesiones que atraviesan buena parte de la obra del escritor. Ya estaban presentes en su novela Migrar bordes (Nitro/Press, 2021), donde un personaje recluido en un hospital psiquiátrico pierde progresivamente sus recuerdos y su capacidad de organizar el lenguaje. En El espectador, esos temas reaparecen, aunque ahora trasladados al espacio museístico y a una estructura construida a partir de fragmentos, fichas y pequeñas piezas narrativas.
“Me interesa mucho pensar que la forma puede ayudar al sentido de lo que se está contando”, dice. “La fragmentación de algún modo nos hace ver esos pedazos de aquello que queda o de lo que reinventamos a partir de lo que creemos recordar”.
La estructura fragmentaria del libro también tiene relación con la forma en que fue escrito. Prado tomó materiales redactados a lo largo de varios años —incluidos textos escritos durante su etapa como editor de la sección cultural del diario El Popular— y los reorganizó bajo la lógica del collage.

“Quería hacer un juego, si queremos verlo de manera muy atrevida, casi autoficcional con muchas cosas por las que he pasado”, dice José Luis Prado. “Fue un trabajo de collage. (…) La idea fue cómo hacer que todos esos tiempos y destellos se puedan construir en algo”.
La ironía, un nuevo elemento en la poética de José Luis Prado
Esa acumulación de materiales terminó construyendo una especie de autobiografía indirecta y dispersa. El soldado, el crítico cultural, el músico y el periodista funcionan como figuras atravesadas por experiencias, obsesiones y preocupaciones personales del autor.
En la sección “Sala de las letras”, por ejemplo, aparece uno de los registros más inesperados del libro: la ironía. El personaje principal es un crítico de arte con rasgos deliberadamente satíricos, a través del cual Prado reflexiona sobre ciertos rituales y dinámicas del campo cultural contemporáneo.
“Había una parte de mi personalidad, de mi escritura, que no había indagado en los libros anteriores”, dice Prado: “que era la ironía y lo satírico, que por supuesto existe en todas las personas y a lo mejor se va agudizando conforme uno se va haciendo más grande”.
El escritor cuenta que esa mirada surgió después de trabajar durante varios años en gestión cultural y medios de comunicación. La ironía se convirtió también en una forma de señalar la progresiva desaparición de la crítica cultural y literaria.
“Hace tiempo existían los suplementos y había reseñas y opiniones que más o menos orientaban a los lectores que no tenían mucha idea. Eso es fundamental”, considera el escritor. “(…) Hoy vemos reels en Instagram donde aparentemente alguien dice: ‘He leído esto’, pero lo único que vemos es cómo van azotando los libros, y no sabemos absolutamente nada de qué es lo que pudo ver el lector con respecto a cada una de las historias. Siento que cada vez estamos más despojados de ese elemento crítico”.

La reflexión conecta directamente con otra de las preocupaciones centrales de Prado: la manera en que actualmente nos relacionamos con la literatura. Frente a una dinámica marcada por el consumo veloz y la circulación rápida de contenidos culturales, el autor defiende una lectura mucho más lenta, atenta y hasta corporal, en la que regresar sobre un texto forme parte esencial de la experiencia literaria.
“Me interesa mucho la figura del lector”, ahonda. “Y el lector es aquel que relee: no es quien lee cien libros al año, sino aquel que puede leer cinco veces el mismo libro porque hay algo ahí que está insistiendo”.
La violencia, otro de los temas de ‘El espectador’
El libro también explora temas mucho más duros, particularmente en su última sección, protagonizada por un periodista que se enfrenta indirectamente a la violencia contemporánea. Ahí aparecen referencias al cobro de piso, la desaparición y la brutalidad cotidiana que atraviesan ciudades del mismo modo en Italia como en México.
José Luis Prado explica que ese aspecto del libro surgió de su experiencia como editor de un diario, donde convivía cotidianamente con la sección policiaca mientras él se encargaba de la cobertura cultural.
“Yo llevaba la sección de cultura mientras veía, por ejemplo, las cosas que sucedían en policiaco”, recuerda Prado: “toda esta cantidad de violencia que yo empezaba a ver directamente. Pensaba en una especie de fantasía o de un lugar casi paradisíaco en el que se mueve mucha de la ficción, que atraviesa la imaginación, mientras había toda una cosa desgarradora afuera, en la ciudad”.
En esa sección de El espectador aparece una exposición fotográfica ficticia relacionada con el cobro de piso en Nápoles. Sin embargo, el verdadero tema detrás es México.
“A mí me parecía que era justo ya lo que nosotros estamos viviendo en México”, dice el autor. “Se me ocurrió generar esto a partir de algo que parece lejano y que paradójicamente nosotros estamos pisando también todos los días. Ese personaje me permitía contar de manera indirecta toda la violencia que nos atraviesa”.
Aunque El espectador parte de una instalación artística y utiliza elementos cercanos al ensayo, la minificción o incluso el texto curatorial, Prado insiste en que su centro sigue siendo la literatura. Sin embargo, le interesa cada vez más explorar los cruces entre la escritura y otras disciplinas artísticas, como la instalación y la música contemporánea.

“Siento que ahí la narrativa todavía está unos pasos atrás”, dice. “Pienso en algunas obras literarias que están indagando eso, como algunos textos de Verónica Gerber, Enrique Vila-Matas o Mario Bellatin, que están trabajando casi desde una lógica de instalación narrativa, y eso me interesa mucho”.
Más que contar historias en el sentido tradicional, Prado parece interesado en traducir experiencias artísticas completas al lenguaje literario.
El espectador puede adquirirse en las Librerías BUAP y en la página de la Dirección General de Publicaciones de la universidad.



