La exposición “Al cien”, del artista plástico Manuel Miguel, reúne más de cien esculturas en cerámica que dialogan con la modernidad, la identidad y las emociones humanas
En el patio central del Museo Internacional del Barroco, alrededor de una gran fuente de agua y sostenidas por estructuras metálicas, más de cien cabezas de cerámica parecen observar silenciosamente a quienes recorren el espacio. Algunas miran de frente. Otras muestran rostros fragmentados, perforaciones, estructuras geométricas o formas que remiten tanto a órganos internos como a engranes mecánicos. Ninguna es idéntica a otra.
La exposición “Al cien”, del artista plástico oaxaqueño Manuel Miguel, propone un recorrido libre entre esculturas que oscilan entre lo humano y lo abstracto, entre lo ancestral y lo contemporáneo. El visitante no contempla las piezas desde una distancia fija; debe caminar entre ellas, rodearlas y detenerse frente a aquellos rostros que, por alguna razón difícil de explicar, parecen convocarlo más que otros.

Esa experiencia fue evidente durante el recorrido de este reportero por la exposición. Algunas esculturas resultaban especialmente inquietantes o hipnóticas, mientras otras descansaban inmóviles. Cada espectador parecía conectar con piezas distintas. Mientras unos se detenían ante rostros atravesados por formas geométricas o cavidades oscuras, otros se sentían atraídos por piezas más serenas o melancólicas.
Lejos de buscar uniformidad, la muestra parece construida justamente desde esa diferencia.
“Lo que busco es una identificación a partir de las emociones, a partir de los sentimientos que la persona posee dentro de sí misma y la cual lo está acompañando en el momento de encontrarse con estas piezas”, explica Manuel Miguel en entrevista con LUMBRERAS.
A continuación puedes ver la entrevista completa de LUMBRERAS con el artista Manuel Miguel.
Rostros fragmentados entre tradición y modernidad
Originario de la Sierra Norte de Oaxaca, Manuel Miguel desarrolló el proyecto escultórico “Al cien” durante más de dos años en el Taller Canela, bajo la asesoría del ceramista Claudio Jerónimo. La exposición, que contiene más de cien esculturas, toma como punto de partida la expresión coloquial “al cien”, una frase cotidiana del lenguaje mexicano que el artista convirtió en detonante conceptual para reflexionar sobre la dual identidad humana.
“Esta exposición es un proyecto escultórico”, dice el artista, “que es un ensamble entre la cerámica y lo metálico como soporte”.

La dualidad es el concepto que atraviesa toda la muestra. Por un lado está la cerámica: tierra transformada por fuego, vinculada con las tradiciones prehispánicas y la memoria material de las culturas originarias. Por otro aparece el metal, utilizado tanto en los soportes como en diversos elementos geométricos que atraviesan los rostros y que, en algunos casos, evocan estructuras industriales, arquitectónicas o mecánicas.
Para el escultor, ambos materiales representan también dos momentos de la experiencia humana.
“La cerámica nos conduce a un tema tradicional, ancestral, ya que venimos de toda una cultura extensa, en las diferentes identidades o asentamientos prehispánicos. Cada uno le dio un enfoque directamente a la tierra a través de las formas y del fuego, la cual permitió generar vasijas, ciertos ídolos, como ellos a veces los llamaban, o sus dioses: cómo los esculpían o simplemente utensilios de barro que ellos descubrieron a través de la tierra y todo lo que podían manipular a través de ella”, explica Manuel Miguel. “(…) Pero hoy en día, la gente ha sustituido el barro por el metal, por el cemento o por otros materiales que han permitido ser parte de un constructivismo social, la cual permite que el ser humano cree su propio hábitat de acuerdo a sus necesidades”.
Esa tensión puede observarse claramente en las piezas expuestas en el museo poblano. Los rostros, moldeados en cerámica de alta temperatura, poseen una apariencia erosionada y orgánica, mientras las estructuras metálicas generan la sensación de esqueletos geométricos o arquitecturas suspendidas. Algunas esculturas parecen reliquias antiguas; otras recuerdan máquinas, organismos híbridos o figuras cercanas al surrealismo.
Sin embargo, ninguna abandona por completo su condición humana.

El cuerpo como arquitectura interna
Uno de los aspectos más interesantes de la exposición “Al cien” es la forma en que Manuel Miguel relaciona las figuras geométricas que existen en la estructura interna del cuerpo humano con los procesos de construcción de la civilización contemporánea.
Las perforaciones, retículas y formas geométricas que atraviesan los rostros —o más propiamente bustos, como aclara el artista en entrevista— no funcionan únicamente como recursos decorativos. Para Manuel Miguel, estos elementos son representaciones de aquello que sostiene física y simbólicamente al ser humano.
“Somos un sistema estructural internamente, porque estamos compuestos desde tendones, moléculas, nervios, venas, células, y ahí nos vamos de micro hasta mini micro”, explica durante una videollamada con esta revista digital. “Todas esas formas representan la identidad del hombre y sobre todo las necesidades que satisface”.
A partir de esa idea, los bustos expuestos en el museo establecen una relación entre cuerpo, geometría y modernidad. El mismo conocimiento de formas geométricas que permitió construir ciudades, maquinaria o arquitectura también existe dentro del organismo humano.
“Prácticamente el ser humano convive cotidianamente con todos estos elementos”, ahonda el artista plástico. “Muchos lo entienden y muchos no. Para eso necesitamos un grado de sensibilidad, para poder observar. Es lo que realmente vivimos cotidianamente y por eso para mí fue importante integrar todas estas formas, todos estos elementos en la otra parte de la dualidad interna, para hacer un estado de reflexión también de cómo el ser humano, a través de estos elementos, ha construido grandes ciudades, grandes movimientos de maquinaria, que ha permitido la facilidad de la vida cotidiana del ser humano, en todos los sentidos y sectores: desde la construcción hasta el campo. Por eso es que todos esos elementos juegan un papel importante y están integrados tanto en la cerámica como en el soporte de lo metálico”.

La arquitectura del Museo Internacional del Barroco, diseñada por el japonés Toyo Ito, intensifica aún más esa relación. Las líneas tenuemente curvas y los muros blancos y minimalistas del edificio contrastan con los tonos oscuros, rojizos y minerales de las esculturas, lo que parece realzarlas, intensificarlas, dentro de un diálogo visual constante entre el espacio y las piezas.
Y si se preguntar el lector por qué el artista moldea bustos y no cuerpos completos, para Manuel Miguel esta decisión responde tanto a una búsqueda simbólica como a una tradición dentro del trabajo escultórico, pues considera la cabeza como el punto de origen desde donde se articula el resto del cuerpo y de la experiencia humana.
“Yo siempre he considerado, en lo personal”, explica Manuel Miguel ante pregunta expresa, “que todo se empieza a gestar a través de la cabeza. Y, como artista plástico, a través del tiempo, a través de la historia, los bustos siempre han sido como una necesidad principal y básica para poder empezar en el tema de escultura”.
“Al cien”, de Manuel Miguel, una exposición para recorrerse libremente
A diferencia de otras muestras con un recorrido lineal, “Al cien” fue concebida para que cada visitante construya su propia experiencia dentro del patio del museo.
Las esculturas rodean la fuente central sin un inicio o final definido. No existe una sola dirección posible. El espectador puede acercarse a cualquier pieza, rodearla o volver sobre sus pasos.
“La idea de este proyecto, y que se haya puesto en el patio, permite también al espectador interactuar de una manera libre”, comenta Manuel Miguel.

El artista explicó que una de sus intenciones era romper con la lógica tradicional de las exposiciones donde el visitante debe seguir un trayecto específico. Esa libertad provoca que cada persona encuentre vínculos distintos con las esculturas: algunas generan serenidad; otras provocan incomodidad o tensión emocional.
“El arte, yo siempre he dicho, es un gran puente que permite al individuo encontrarse a sí mismo”, dice. “Le puede generar una paz o le puede generar una guerra interna”.
Un proyecto cerrado que apenas comienza a vivir
Aunque la exposición reúne más de cien piezas, Manuel Miguel considera que este ciclo escultórico ya concluyó como proceso creativo. “Esta serie ya la cerré”, reconoce. “Este ciclo ya no voy a repetirlo, porque esto me condujo a hacer otras cosas”.
Sin embargo, el artista espera que el proyecto continúe recorriendo distintos espacios culturales dentro y fuera del país, sin fragmentarse.
“No es un proyecto que trate de venderlo”, explica el escultor. “Quiero que este proyecto sea único y que nunca se desintegre”.

Mientras tanto, los más de cien bustos continúan habitando temporalmente el patio del Museo Internacional del Barroco, donde el agua, la arquitectura y el recorrido libre provocarán una experiencia emocional distinta en cada visitante.
La exposición “Al cien” de Manuel Miguel puede visitarse en el Museo Internacional de Barroco hasta julio de 2026.



