Desde muy pequeña, la poblana Raquel Hoyos empezó a crear canciones, cartas, historias. En la preparatoria se enfocó en la poesía, también hizo algunos cuentos, y más tarde decidió estudiar Lingüística y Literatura en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), donde ese sueño de acomodar las palabras en un bordado mágico casi desaparece.
La duda
“Desde que entras (a la licenciatura), te dicen: aquí no es para formar escritores; si quieren ser escritores, olvídenlo. Pues menos escritoras, porque todo es en masculino y los escritores eran los profesores. Los compañeros se atrevían, pero yo decía: no, ¿cómo voy a enseñar lo que yo escribo?, o sea, ¡qué miedo!”, cuenta Raquel.
Aunque siguió escribiendo, hilvanando palabras, tardó mucho tiempo en mostrar su trabajo porque le dio el síndrome de la impostora, que, según las psicólogas estadounidenses Pauline Rose Clance y Suzanne Imes, se trata de una experiencia, no un trastorno, donde la persona siente no ser “lo suficientemente buena” y usurpar un lugar que le corresponde a alguien más.
Y quizás es algo que en el mundo de las letras no solo le pasó a Raquel. Joanna Russ, en su libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres, dice que hay un control de la información sin censura directa, porque si hubiera una prohibición explícita no se podría hablar de una sociedad igualitaria y democrática.
Las estrategias que exhibe Russ son las prohibiciones informales, es decir, impedir el acceso a la formación y a los materiales necesarios para escribir; negar la autoría de la obra en cuestión; ninguneo de la obra en sí misma; aislarla de la tradición a la que pertenece y presentarla como anómala; indicar el mal carácter de la autora y por tanto su interés sería por puro escándalo. Y la más recurrente: “simplemente ignorar las obras, a sus autoras y toda su tradición”.
¿Cómo no sentirse una impostora por escribir cuando hay todo un sistema que te ignora, aísla o ningunea? Ejemplo de ello es que, desde 1901 y hasta 2024, solo 18 mujeres han ganado el Premio Nobel de Literatura, es decir, solo 15% de los galardonados.
En la universidad, narra Raquel, la gran mayoría de lecturas eran de escritores y solo algunas de las escritoras más conocidas en México: Rosario Castellanos y Sor Juana Inés de la Cruz. “De ahí creo que leímos en alguna clase a Simone de Beauvoir con La mujer rota, y eso fue para mí así como: ¡wow!, yo quiero leer más de esto”. A Raquel le brillan los ojos cuando habla de ese momento.
Así fue como emprendió su propia búsqueda para conocer más autoras, pidiendo recomendaciones, compartiendo lecturas con otras colegas. Después llegó a sus manos Modelos de mujer, de Almudena Grandes, y al recorrer las páginas se encontró con una personaje con la que se identificó: una traductora de talla grande, muy inteligente y a la que no le importaba hacer dietas.
Tener referentes de otras escritoras ha sido importante para Raquel. “Por tanto tiempo nos han retratado de una manera en la que los escritores hombres han creído que somos las mujeres, con ciertos estereotipos que a veces son demasiado limitados. Entonces, tener la oportunidad de leer a mujeres que retratan personajes reales, con los que sí te puedes identificar […] incluso en cuestiones de violencias, te das cuenta que es sistemático”, dice la cuentista.

La escritura de las mujeres
Se podría decir que existen dos momentos canónicos en la trayectoria de Raquel Hoyos: la primera, el acercamiento a la obra de Beauvoir, que la llevó a buscar por su propia cuenta a más autoras, más historias de mujeres no estereotipadas; y la segunda, cuando publicó su primer cuento, “Las groupies”, ganador del Primer Concurso de Cuento Breve de Rock “Parménides García Saldaña”.
“Eso me animó muchísimo a seguir buscando donde mostrar mis textos”, cuenta Raquel. A la par, ello la llevó a involucrarse en talleres y otros espacios de creación literaria, a buscar convocatorias y a narrar sus propios intereses. “Todo lo que escribo tiene que ver con cuestiones que nos importan a las mujeres: de nuestros cuerpos, de nuestras experiencias, vivencias, las violencias, pero también creo que las relaciones afectivas que tenemos, porque hay muchas historias de mamás, abuelas, hijas, amigas”. Una sonrisa aflora de sus labios al recordar sus historias.
En sus tres libros publicados: Maldita (2020), El lado equivocado (2022) y Ante la futura metamorfosis (2024), casi todas las protagonistas son mujeres. Según la propia Raquel, hay historias que se basan en cosas que le contó su abuela, o situaciones que le pasaron a sus conocidas, amigas o vecinas.
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Y cuán importante es que las mujeres escriban sobre mujeres, porque pareciera que durante mucho tiempo los únicos autorizados para hablar de las mujeres eran los hombres. La escritora Virginia Woolf lo expuso en Una habitación propia: “¿Por qué dice Samuel Butler: «Los hombres sensatos nunca dicen lo que piensan de las mujeres»? Los hombres sensatos nunca hablan de otra cosa, por lo visto”.
Y no solo la autoridad, sino tener las condiciones para hacerlo. Woolf reflexionó sobre las condiciones en que las escritoras de hace siglos lograron terminar sus obras: algunas subían a los tejados para tener un espacio donde soltar los caballos de la creatividad, otras lo hacían a cuentagotas después de dormir a sus hijos o antes de hacer el desayuno. Russ lo resume como “técnicas para acabar con la escritura de las mujeres”.
Pero Raquel no solo ha logrado encontrar a otras escritoras para tomarlas como ejemplo, ganar algunas becas de creación y publicar varios libros con protagonistas mujeres: lo ha hecho en colectivo. “Algo que me ha hecho continuar y que creo que me ha facilitado muchísimo es la comunidad”, dice. La autora explica que con la pandemia se abrieron muchos espacios autogestivos de lectura y escritura conformados por mujeres, como Especulativas y Hécate. “Me ha gustado mucho que las mujeres que conozco y que están haciendo ahorita proyectos, más allá de estar peleando ciertos espacios, los crean, crean sus espacios”, apunta Raquel.
Y fue justo en estos espacios donde ella dejó de sentirse una impostora. “Y ahí me di cuenta de lo que ellas escribían, me identificaba con eso […] era así como de: sí, yo he vivido eso y me gusta mucho lo que escribes. Esa validación que a lo mejor mucho tiempo busqué en otros lados y que no encontré […] Ahorita puedo escribir lo que se me antoje, de lo que yo quiera, y sé que no me voy a volver súper famosa, pero hago lo que me gusta, hago lo que quiero […] estoy muy consciente de que no a toda la gente le va a gustar, pero mientras me guste a mí, eso es lo principal”, dice, y su rostro refleja esa certeza.
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La reivindicación
Los cuentos de Raquel Hoyos van desde la fantasía, la ciencia ficción, el terror y un poco de realismo. Lo que ella más disfruta es el género especulativo, “porque te ofrece otras posibilidades de imaginar, de crear otras posibilidades o diversos mundos […] especular sobre lo que podría suceder”. Por ejemplo, que lleguen seres de otro planeta y libren a la protagonista del tormento de vivir con su violentador.
A la pregunta ¿te consideras feminista?, Raquel responde: “Yo me considero una feminista en construcción […] yo no sabría decir si mis cuentos son feministas, más bien yo soy feminista y desde mi postura, desde lo que soy, desde lo que pienso, pues obviamente todas las escritoras van a escribir desde lo que son y se va a reflejar lo que piensan, cómo ven el mundo a través de sus letras, pero creo que esa interpretación ya se la va a dar quien te lea”.

Raquel reconoce que uno de los temas que más le importan es la violencia en contra de las mujeres y pone, más que una respuesta, un problema sobre la mesa. Cuando ha presentado sus libros en escuelas, con una audiencia joven, se ha encontrado con que sus cuentos les hacen pensar a las chicas en sus experiencias, y a los chicos les han hecho reflexionar sobre conductas de las cuales no eran conscientes.
Las violencias que narra Raquel van desde la ausencia y el abandono paternos hasta el feminicidio y la violencia sexual, tan comunes en un país como México, donde siete de cada diez mujeres han experimentado alguna forma de violencia en su vida, según la Encuesta Nacional sobre Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2021.
“La literatura te ayuda a empatizar con los personajes […] sí hay una forma de concientización a través de leer a otras y de escribir también. Entonces, creo que sí, poco a poco, van cambiando la realidad […] va generando reflexión, incluso a los hombres […] yo creo que sí se puede generar un gran cambio”, expresa la narradora antes de terminar la plática.
El lienzo que forma Raquel tejiendo la narrativa especulativa, el problema de la violencia de género y unas bases feministas, permiten pensar que la frase de Lisa Yazbek sobre escritoras de ciencia ficción (recuperado en la antología Mundos alternos) “El futuro es mujer”, es quizás más inmediata: las escritoras son el presente y no hay forma de negar su huella.
*Sobre Samantha Páez Guzmán, autora de esta entrega:
Soy periodista, activista y escritora. Tengo especial interés en los temas de género, medio ambiente y libertad de expresión. Formo parte de la Red Puebla de Periodistas y colaboro en LADO B . También escribo cuentos de ciencia ficción.



