El documental Juan, Lulú y Pizarro (2026), dirigido por Mario Corona Payán y que se presentó el pasado martes 28 de abril en la Cinemateca Luis Buñuel, en Puebla, reconstruye, a través de tres testimonios directos, la memoria histórica sobre la guerrilla en México en las décadas de 1960 y 1970.
La cinta recupera testimonios sobre la formación política, la operación clandestina, la lucha armada, detenciones y encarcelamiento, así como el posterior exilio en Cuba que vivieron integrantes de grupos de acción directa como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) y el Frente Urbano Zapatista (FUZ).
Tras la masacre de estudiantes en Tlatelolco, en 1968, y el episodio conocido como “el halconazo”, en 1971, México vivió el periodo llamado “la Guerra Sucia”, en la que el Estado, encabezado por Luis Echeverría, respondió con acciones como desapariciones forzadas y tortura contra integrantes de grupos de disidencia política o considerados de guerrilla.
En ese contexto, el documental Juan, Lulú y Pizarro reconstruye con precisión la logística de la guerrilla urbana, como las expropiaciones para financiar el movimiento y actos de alto impacto, como el secuestro del cónsul estadounidense en Guadalajara, Terrence Leonhardy, en 1973. La narrativa del filme se construye desde la experiencia directa de sus protagonistas e integran el impacto de estos procesos en el ámbito familiar y personal.
Exilio, represión y la contradicción del Estado mexicano
Un punto central en el documental es la descripción del exilio. Tras su llegada a La Habana, los protagonistas vivieron una realidad ambivalente. Al respecto, el historiador Fritz Glockner, quien estuvo presente en el conversatorio que siguió a la proyección de la película en Puebla, recordó que el gobierno de Luis Echeverría abrió las puertas del país a exiliados sudamericanos, pero al mismo tiempo persiguió con saña a los disidentes locales con tácticas como los llamados “vuelos de la muerte”.
El documental de Corona Payán se adentra en la lógica de estos grupos. En el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) y el Frente Urbano Zapatista, la militancia no era un arrebato, sino una decisión ética radical.
Juan Chávez de la Rocha, protagonista del filme y exmilitante del MAR, describió el surgimiento de esta organización en un contexto internacional atípico. A diferencia de otros grupos nacidos de la represión directa en México, el MAR se gestó en 1966 en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, bajo la influencia de las tesis del Ché Guevara y las luchas de liberación en África y Vietnam.
Chávez de la Rocha detalló la estructura celular del grupo, dividida en secciones de expropiación de recursos económicos, exploración de la sierra y un riguroso proceso de reclutamiento que incluía inteligencia, contrainteligencia y escuelas de cuadros.

“Fuimos a construir una alternativa, a buscar una utopía”, dijo al respecto: “y fuimos contentos, alegres, felices de la vida”.
Testimonios de militancia: ideología, organización y utopía
El testimonio de Lourdes “Lulú” Pizarro, figura central de la cinta, sitúa el origen de su conciencia política en el barrio de Tepito, en la Ciudad de México, y en la influencia de su padre, seguidor de las ideas liberales de Juárez y de la Revolución Cubana.
“Mi padre me ponía historias, libros de Ricardo Flores Magón, Madero, Francisco Villa, escuchábamos en radio de onda corta los discursos de Fidel Castro”, relata Pizarro, quien a los quince años ya militaba en la Juventud Comunista de México.
Juan, Lulú y Pizarro concluye con la reincorporación de los militantes a la vida civil en los años ochenta, tras la amnistía. Para Juan Chávez de la Rocha, la importancia de este documento radica en su carácter informativo y formativo.
“Es más importante que la gente, sobre todo los jóvenes, vengan a conocer la historia”, ahondó. “El cine es un medio por excelencia informativo y de reflexión”.

‘Juan, Lulú y Pizarro’: del pasado armado a la reflexión contemporánea
Por su parte, el cineasta Mario Corona Payán, quien lleva doce años trabajando en el rescate de la memoria histórica audiovisual de Chihuahua y del país, enfatizó que el objetivo de este trabajo es humano y pedagógico.
“Lo principal es que lo cuente el protagonista, para sentir las emociones e involucrar a la familia, porque el guerrillero es familia y es comunidad”, expresó el cineasta, cuya cámara busca capturar no solo el dato histórico, sino la “fibra emotiva” del sufrimiento de las madres y el batallar de los hijos.
Por otro lado, el académico Octavio Moreno, profesor investigador de la Facultad de Ciencias Políticas de la BUAP y especialista en procesos de democratización, sostuvo que este documental es una pieza clave para entender el México actual.
“La apertura a los procesos democráticos fue posible gracias a los esfuerzos de personas que decidieron generar una presión genuina a los regímenes autoritarios”, ahondó el académico. “Eran constructores de utopías”.
Durante el conversatorio posterior a la conversación, el historiador Fritz Glockner y el académico Octavio Moreno abordaron la importancia de construir memoria histórica desde múltiples perspectivas, discutieron las condiciones políticas y sociales que dieron origen a los movimientos armados en México, así como los retos para documentar estos procesos.
Finalmente, Mario Corona Payán cerró sosteniendo que la verdadera culminación de su trabajo ocurre en el debate posterior con la audiencia.
“Lo mejor siempre son los comentarios de la gente”, finalizó. “Siempre hay discusión, siempre hay una lagrimita, pero, sobre todo, el espectador se va con un conocimiento nuevo de temas que solo el documental mexicano ofrece”.



