Paal González: cuando el movimiento sana y crea colectividad

Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento 

y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas.

Isadora Duncan

Palmira González, Paal, dejó la humedad de Tabasco para estudiar danza contemporánea en Puebla. El cauce de su carrera artística la llevó a explorar el movimiento de forma colectiva, donde todos los cuerpos y todas las personas sean bienvenidas, donde las madres puedan reconectar consigo mismas, donde las infancias aprendan de sí y de las demás, donde el baile sane las heridas.

Fluir en la danza

El baile formó parte de la vida de Paal desde niña, cuando ingresó a una pequeña compañía de danza folclórica en Villahermosa, Tabasco. Allí, gracias a uno de sus profesores, conoció un poco sobre danza contemporánea.

Paal decidió continuar por ese afluente lleno de movimiento y estudiar la licenciatura en Danza en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Al poco tiempo, empezó a bailar con grupos artísticos y a participar con proyectos independientes. Sus fuentes de inspiración fueron Isadora Duncan, considerada la creadora de la danza contemporánea; Martha Graham, visionaria de uno de los métodos más emblemáticos de la danza moderna, conocido como contracción y relajación, y Pina Bausch, bailarina y coreógrafa alemana.

Para el final de la carrera universitaria, Palmira se estrenó como maestra de danza contemporánea, lo que ella llama “reaprender con otras personas”.

Fue en el Teatro Popular José Recek, de la ciudad de Puebla, donde Paal reaprendió del baile con todo tipo de personas: jóvenes, personas mayores e infancias. “Ahí fue donde identifiqué que la danza era un medio y no un fin, que ayuda a crear comunidad, a crear mucha conciencia […] Es más gratificante cuando se comparte con otros”, dice Palmira.

Los talleres de danza moderna en el Teatro Popular José Recek que impartió Paal permitieron crear una comunidad de baile no profesional. Fotos: Cortesía Palmira González

Durante los seis años en que fue tallerista del Instituto Municipal de Arte y Cultura en el Teatro Recek, Paal amplió su caudal de conocimiento de la danza y creó el colectivo El Teatro del Puente para personas no profesionales. Fluyó en la idea de que cualquiera que participara, estudiante, profesionista o trabajadora del hogar, desarrollara una conciencia corporal, el respeto hacia su cuerpo y el de los demás.

Esta práctica sería parte del arte comunitario, que, de acuerdo con la académica argentina Claudia Lía Bang, se trata “de una forma de creatividad al servicio de la comunidad, trabajando para la conformación de vínculos y espacios de encuentro creativo”. Para la socióloga cultural Noelia Belén Casella, este tipo de danza “genera puentes de comunicación verbales, corporales y emocionales […] La danza genera empoderamiento del cuerpo de cada uno y confianza en el grupo”. 

El colectivo de Paal no se quedó en un proceso de formación, sino que se presentó de forma repentina en varios espacios públicos céntricos: caían como un aguacero en el edificio Carolino, en el zócalo o el parque del Carmen, y por diez o veinte minutos hacían una coreografía acompañados de la música de una bocina, con un vestuario sencillo, cada quien moviéndose a sus posibilidades, al ritmo de su propia historia.

Así fue como brotó el Festival Internacional del Día de la Danza en el Teatro Recek, del cual hubo cinco ediciones, y el proyecto “Borde (al otro lado del río)”, ganador del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (Pecda) en 2014. Sin embargo, la parte más gratificante para Palmira ha sido que la marea del baile bañó a otras personas.

“En este taller no había estándares de que todos tenemos que movernos y bailar igual, sino que con las posibilidades y habilidades de cada uno hacíamos los montajes […] Al partir de esta educación no formal artística, los alumnos se pudieron dar cuenta que podían hacerlo de manera profesional”, cuenta Paal inundada de orgullo.

Bifurcación del cauce

Palmira no solo creó comunidad en sus talleres, sino con otros espacios. La obra de Paal “Polvo eres”, donde muestra una expresión corporal que cautiva por su fluidez, se presentó en la Capilla del Arte de la Universidad de las Américas Puebla como parte de la exposición “Cuerpos arquitectónicos“. También participó en el programa del 45° aniversario de la Casa de la Cultura de Puebla con el performance “Nuestro mundo”, y en la celebración del Día Internacional de los Museos con la pieza “Embrujo azul: nocturno”. Sumó colaboraciones con “Afección, Encuentro de Movimiento”, Improvisación de Contacto Puebla y el Centro Cultural Segundo Piso

El colectivo El Teatro del Puente se presentó en espacios públicos diversos y exploró el movimiento desde lo colectivo. Foto: Cortesía Palmira González

La corriente creadora de Palmira González, sin embargo, desembocó en otros rumbos: ingresó como instructora de danza al Círculo Infantil de la BUAP, la guardería para infancias de madres y padres que trabajan en la universidad, en las áreas de lactancia y maternal, es decir, con niñas y niños desde los tres meses y hasta los tres años de edad.

Dicha experiencia fue totalmente refrescante, pues permitió a Paal entender e investigar las consecuencias de una sequía de movimiento a temprana edad. “La falta de trabajo corporal en las primeras infancias repercute en adultos o adolescentes más introvertidos, más tímidos, que les falta seguridad […] el movimiento ayuda a relacionarse con los otros”, explica la bailarina.

Incluso, lesiones o traumas pueden verse reflejados en el cuerpo, que, al moverse, los libera, los sana.

Por ejemplo, en la investigación Contribución de la danza contemporánea al bienestar de mujeres maltratadas, de María del Carmen Vera-Esteban y María Cristina Cardona-Moltó, se da cuenta de cómo el baile ayudó a una mujer migrante que había sido objeto de violencia familiar a recuperar su proyecto de vida. Así es como la danza limpia las aguas turbias.

El trabajo con primeras infancias de Paal se bifurcó durante la pandemia por covid-19, cuando se embarazó y su cuerpo se convirtió en un embalse de cambios. Entonces, el conocimiento y la experiencia acumulados le ayudaron a seguir moviéndose y evitar la depresión.

“Con el embarazo no podía estarme moviendo tanto, yo que era como muy activa, fue como parar todo y dedicarme a la maternidad. Entonces, al año (del nacimiento) de mi bebé, dije: tengo que retomar la danza y tengo que retomar mi cuerpo y mi movimiento. Ha sido un proceso muy lento, pero también de mucho aprendizaje”, agrega la artista.

“Nana, movimiento y cuerpo materno” es un proyecto que Paal está desarrollando como parte de su maestría en Teoría y Práctica de las Artes Escénicas. Foto: Cortesía Palmira González

La bailarina documentó cómo su cuerpo y su movilidad cambiaron con la gestación: se tomó fotografías y videos, escribió en un diario las sensaciones de moverse con un mayor peso en el abdomen, con menos flexibilidad y fuerza. “Eso es lo que me ha ayudado y me ha salvado muchísimo de la depresión, de la ansiedad, de la soledad, porque la verdad es que la maternidad es mucha soledad”, dice.

De allí emanó su proyecto “Nana, movimiento y cuerpo materno”, parte de la maestría en Teoría y Práctica de las Artes Escénicas, cuyo centro es investigar cómo otras mujeres retoman la movilidad de su cuerpo y su vida tras el embarazo, cómo se abren espacios de danza y de encuentro para aquellas que deciden maternar. Su meta es crear una obra de largo formato con otras mujeres madres.

Este trabajo sería especialmente relevante si se toma en cuenta que, según datos de la Secretaría de Economía federal, 57.6% de las personas que se ocupan en la danza y la coreografía en México son mujeres.  Además, varios estudios de la antropóloga Juliana Verdenelli apuntan a que las desigualdades de género dentro de las artes dancísticas hacen pensar a las bailarinas que una carrera artística no es compatible con la maternidad o que implicaría grandes sacrificios, debido a la “transformación corporal temporal asociada a la gestación”.

A contracorriente de la violencia

La violencia estética, como la académica feminista Esther Pineda define la imposición de estándares de belleza machistas y coloniales sobre los cuerpos de las mujeres, es una constante en el gremio de la danza. Paal también fue embestida por esa ola. “Como estudiante y bailarina, en un inicio de mi carrera, me tocó estar en estos espacios en donde había estos prejuicios sobre las corporalidades. A mí me tocó que me dijeran: Estás muy pasada de peso, o estás muy chaparrita, quién sabe si puedes bailar profesionalmente”, cuenta.

Paal danzando durante la exposición ‘Erótica’, del grabador poblano Joel Rendón. Foto: Cortesía Xosué Martínez, de Labcdos

Vesna Brzovic, investigadora chilena sobre corporalidad y artes escénicas, ha criticado que en las disciplinas artísticas corporales se imponga la delgadez y la homogeneización de los cuerpos. “Profesor@s, coreógraf@s y audiencia eligen cuerpos delgados y torneados para representar la danza. No importa la técnica. Muchas veces no importó la ejecución, importó el tipo de cuerpo y la ‘gracilidad’”, sostiene Brzovic.

Es por ello que Paal va a contracorriente. “He tratado de que los espacios en los que doy clases sean espacios en donde no exista esa violencia y puedan sentirse con la confianza de ser y de moverse como quieran”, dice, y su política se ha extendido a no trabajar con personas o grupos que reproduzcan violencias. “Desde mis prácticas prefiero no bailar, prefiero no compartir el proyecto con esta persona, porque para mí es importante poner esos límites”, agrega.

Palmira también combate los estereotipos desde su obra. Ejemplo de ello es “Entre abrigos y pieles”, donde Palmira González busca representar la presión social que existe en las mujeres para lograr ese “cuerpo femenino”, esos estándares de belleza impuestos por la mirada patriarcal. En la acción multidisciplinaria “Stravaganzza poética Elegía”, la cual combinó poesía, música y danza, la reflexión se centró en el cuerpo, la violencia y la ausencia.

De esta forma, Paal ahonda en la manera en que la danza puede visibilizar las desigualdades, las violencias y así acercarse al feminismo. Como lo expresa Oriol Fort i Marrugat en su artículo Cuando danza y género comparten escenario, “las mujeres soportan, así, una cadena de dominaciones y sumisiones sexuales, sociales, de clase y también de etnia. Dominaciones y sumisiones que se han visto reflejadas en la danza, pero que desde la danza se pueden subvertir”.

Palmira, la danzante, la docente y la madre, mira hacia el futuro y ve dos cauces sobre las cuales quiere seguir navegando: las maternidades y las primeras infancias, donde el movimiento permita sanar, reencontrar, satisfacer física, mental y emocionalmente a quienes lo hagan, conectar con otros y conocer las propias aguas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *