La risa frente a las categorías serias es indispensable para el feminismo.
Judith Butler
¿Qué hacen tres payasas, una gestora cultural y una documentalista? Aunque suene a chiste, así es la historia de Vabieka: cinco mujeres que hacen circo, maroma y teatro para sostener el único festival internacional de payasas en Puebla y uno de los más importantes de México. Y no solo eso: también cambian las narrativas del humor para hacerlo más inclusivo, más diverso y hasta más cercano a la gente.
Los caminos de la risa son misteriosos
“Vabieka, Festival Internacional de Payasas” empezó a tramarse en enero de 2018 de manera muy fortuita: Verónica Pérez, gestora cultural, estaba buscando una animadora para un evento y así fue como conoció a Karen Tlahuizo, quien no era animadora, sino payasa. Ese mismo día, dice Verónica, se contaron toda su vida. Karen asegura que fue amistad a primera vista. En la charla, salió la idea de hacer una jornada, un encuentro o un festival de payasas. Nadie imaginaría que meses después, en mayo, surgiría Vabieka.
“Yo no sabía nada de gestión de festivales, ni siquiera había organizado una sola función mía, y ya tenía un espectáculo. Y de no haber organizado ni una sola función, me brinqué en cuatro o cinco meses a organizar un festival de más de veinte personas, de tres días, en espacio público. Una cosa choncha, choncha”, cuenta Karen, quien se presenta primero como payasa y, por recomendación de ChatGPT, como creadora. Saltando el aro de fuego de la pena, Karen se reconoce como directora artística de Vabieka, junto con Carmen de Huerta, actriz y danzante aérea.
Las coincidencias siguieron para Vabieka: en el Laboratorio de Creación Mujer Barbuda, que ocurrió en agosto de 2018 en la Ciudad de México, se conocieron Vero, Carmen e Irazema Hernández, quien estudió Literatura Dramática y Teatro en la UNAM y se especializa en payasería. Ira se sumó al proyecto para la tercera edición, en 2022. “En algún momento conocí Vabieka y me pegué a Vabieka, me adherí a Vabieka y me mudé por Vabieka”, dice Irazema juntando las palmas de sus manos y aplastando la nada con fuerza.
Karen Elizabeth Robles, fotógrafa documentalista colimeña, vio un montón de mujeres con narices de bola roja en el Foro Cultural Karuzo. Aquel fue su primer encuentro con un proyecto artístico de payasas, y este le atrajo tanto que se integró en 2023, para la cuarta edición. Ese mismo año, Carmen se embarcó con Karen en la dirección artística, y este 2025 sacaron del sombrero el quinto Vabieka Fest, donde la risa es una herramienta para mover conciencias.

Mujer que hacer reír no tiene principio ni fin
Karen Tlahuizo dice que ella se convirtió en payasa por influencia de su abuela. “Mi abuela no tiene nada que ver con las artes, no tiene nada que ver con el humor; de hecho, es una persona que casi no se ríe, pero ella, cuando yo le decía ‘gracias’, ‘las que haces’, respondía. Entonces, nací con gracia, y la profesionalicé”, cuenta. Además, para ella es importante que la nieta de esa señora que oculta su risa con el rebozo ahora enseñe los calzones y cause risa.
Como dice Martha Elena Munguía Zatarain, académica de la Universidad Veracruzana, en su ensayo Mujeres que ríen, si las carcajadas han sido devaluadas como elemento opuesto de la seriedad, la gravedad y la solemnidad, en “los tratados sobre el acto de reír hay que hacer notar cómo especialmente esta condena se dirige a la risa en el rostro de la mujer”.
Munguía analiza cómo en las obras literarias latinoamericanas “la risa resulta incompatible con la naturaleza pasiva que debe caracterizar a toda mujer respetable”.
Pero, si a las mujeres les estaba casi prohibida la risa, aún era más censurado generarla. Helga Kottof, de la Universidad de Friburgo, Alemania, señala que las mujeres han sido más el “objeto” que el “sujeto” del humor. Amélie Florenchie, Mélanie Moreau-Lebert y Lise Segas reflexionan, en Feminismo(s) y humor: creando espacios de vindicación feminista con las hijas de Baubo, que todas las teorías y tratados sobre el humor han sido realizados por hombres, “prueba de que el humor es un lugar de enunciación del poder y, por lo tanto, eminentemente ‘masculino’”.
De allí la importancia de que sean mujeres quienes se apropien de la risa y del humor. Para Irazema, conocida como “Iraclown”, el humor hecho por mujeres, a pesar de la censura, “puede ser hasta un posicionamiento político, […] una posibilidad de analizar tu entorno, de vivirlo de otra forma, incluso, de resistencia ante alguna situación de opresión”.

María López Belloso, Agostina Allori, Dolores Morondo, Lut Mergaert y Lorena Fernández señalan, en Humorarium: propuesta de utilización del humor feminista para contrarrestar las resistencias a la igualdad de género, que, ante un humor muchas veces deslegitima, discrimina o deshumaniza a ciertos grupos, las feministas usan la humorización para cuestionar las asimetrías de poder.
Verónica comenta que una de las propuestas del festival es que las audiencias miren “historias diversas, cuestiones tan simples como obras que hablan acerca del amor, como de política, como de economía, del cuidado ambiental”. Y Karen agrega “el humor tiene como este valor en las artes porque nos hace apreciar otras cosas que no son tan fáciles de digerir, pero que al final nos competen a todas y a todos, como un lugar donde nos encontramos”.
La que con payasas anda a bromear se enseña
Según datos de la Secretaría de Economía federal, para el primer trimestre de 2025 había 8 mil 340 personas ocupadas en todo México en el rubro “Payasos, mimos y cirqueros”. 23.2% de ese total son mujeres. El dato más llamativo es que mientras el salario promedio de los hombres es de 7 mil pesos mensuales, el de las mujeres es de 597 pesos.
Las desigualdades en el gremio no solo son esas. Carmen apunta que si bien la payasería nunca ha sido la disciplina estelar dentro del propio circo o carpa, las payasas quedan aún más relegadas. “La visibilización que tiene un payaso a una payasa es muy diferente […] Empiezas a trabajar en estas redes o en estos espacios independientes porque las grandes carpas o las grandes compañías de circo no contrataban payasas. ¡Esa es la realidad!”, sostiene.
En su ponencia Mujer barbuda. Las mujeres en el circo actual: un cambio de paradigma, Valeria López López recalca que dentro de “la gran familia del circo” también hay una división sexual del trabajo: las mujeres se dedicaban más a la gestión y administración, como si se tratara de una extensión de sus labores domésticas, mientras que los hombres se dedicaban más al aspecto creativo. Asimismo, se refuerzan los estereotipos de género. “Las mujeres tenían un papel limitado al escenario, ya sea como artistas o ejecutantes de actos ‘femeninos’, o bien exhibidas como personajes raros ‘freaks’, como es el caso de la mujer barbuda”, dice López.

Por eso, cuando se habla de referentes, muy pocas payasas se nombran, como si en un acto de magia la historia las hubiera desaparecido. Las integrantes de Vabieka recuperan a Gardi Hutter, cómica, escritora, actriz y payasa suizo-alemana de 72 años, y también a Jimena Cavalletti, actriz, payasa y directora teatral argentina.
Karen Tlahuizo lanza una frase al aire: “nuestras referencias son jóvenes también, porque, en realidad, la mujer ocupando y habitando el humor público tampoco es una práctica tan antigua. No es que las mujeres no ocupemos o habitemos el humor, porque en las cocinas se habita mucho el humor, pero es una práctica muy privada”. Entonces, Irazema la atrapa y añade: “estos avances que ha habido de posicionamientos feministas […] como que fortalecen la visibilidad y el ocupamiento de los espacios, como que es un intercambio”.
Para Iraclown, el movimiento feminista llegó a la arena de las artes y con ello surgieron muchos proyectos de payasas: Anarama Project, Mujer Barbuda y, desde luego, Vabieka. “Yo sí noté un cambio radical después de eso. Había ya festivales escénicos, circenses y de payasos que buscaban a las payasas porque tenían que cubrir una cuota”, explica Ira, y Karen contesta: “yo me he sentido cuota”. Todas ríen.
Uno de los grandes logros de Vabieka, señala Karen Elizabeth, es generar un circuito de mujeres payasas o mujeres que están haciendo humor nacional e internacionalmente, donde conviven jóvenes y adultas mayores, donde se generan historias que conectan con las personas. “A mí se me hace que todo vale la pena por esos momentos en que unas niñas juegan a ser payasas”, dice.
Al mal tiempo, buena carpa
Hablar del futuro genera a Irazema un poco de miedo: “siento que nuestra profesión es bien inestable, y más con las condiciones de cultura en el mundo, en el país y en Puebla”, se sincera. No es para menos. Según la información de la Secretaría de Economía, en el gremio cirquero 94.1% de las personas empleadas se encuentra en la informalidad y tiene un promedio de trabajo de 2.46 días a la semana.
A esto se agregaría lo que Valeria López apunta en su ponencia: para las mujeres del circo, hay mucha más exigencia, como entrenar, “impartir clases, buscar presentaciones o contrataciones como artistas, al mismo tiempo en el que atienden la sostenibilidad, administración y procuración de fondos para sus proyectos, ya sean estos festivales, encuentros, centros de formación”.

Pese a ello, Ira doma la fiera de la incertidumbre y se atreve a pensar que Casa Vabieka, un lugar de encuentro y de formación para payasas en Puebla, será pronto una realidad. “A mí me significa un espacio de exploración. A mí me interesa un montón la investigación en el humor, y como que apenas estoy rozándolo […] Yo, por mi edad, siento que mi apuesta es este proyecto. No me puedo meter a las (tiendas) 3B porque ya no me contratan por la edad y porque me cuestan las matemáticas”, confiesa. Karen Elizabeth le revira, juguetona: “lo vimos en el montaje”.
Vero comenta que su deseo es que Vabieka siga inspirándola, además de que en algún momento el proyecto le permita dejar de malabarear con las cuentas pendientes y otros trabajos. “Mi esperanza para el futuro es que encontremos la forma para hacer esto viable para todas y que podamos seguir haciendo esta chamba, que estemos tranquilas, que la vida del día a día no nos agobie tanto”.
Como una gran pitonisa, Karen Elizabeth vislumbra que el futuro de Vabieka está en crear una comunidad, más que solo consumidores. “Esas personas son las que van a alimentar la sostenibilidad del festival, no los consumidores habituales que esperan, mamonamente: a ver, compláceme, sino gente real que se va involucrando en los espacios”, comenta. Y es por ello que no esperan que la gente llegue, sino que ellas van a su búsqueda en los espacios públicos, en la calle, en las escuelas.
Según las autoras de Humorarium, el arte de Vabieka sería feminista, pues la forma más común de emplear el humor para las feministas es la construcción de la comunidad y la acción colectiva.
Después de tomar un trago de vino, la otra Karen dice que ella espera que el gobierno realmente apoye el festival y vea el potencial que tiene. Otro sueño que tiene es que este les retribuya económicamente lo suficiente para mantener la esperanza, “una esperanza que te motiva, que te lleva como a caminar. Me gustaría solo seguir siendo feliz haciendo lo que hago”, manifiesta.
“¡Qué poética!”, le felicita Irazema, y Karen responde: “es el vino de las tres B, bello, bonito y boético”.
Así termina una entrevista a cinco pistas: unas payasas, una gestora y una fotógrafa, riendo, hablando del futuro y de todas las maromas que harán para sostener su proyecto y, sobre todo, la alegría.



