* Desde el feminismo, se reivindica que el cuerpo es el primer territorio de lucha. Rosa Borrás toma esta consigna y la lleva al arte, desde donde explora la sexualidad, la enfermedad, la vejez y la violencia
Desde niña, Rosa Borrás supo que quería ser pintora. En su familia, el arte brotaba por todos los rincones. Estudió diseño, pintura y grabado. Mientras su hija e hijo estaban en la escuela, ella se dedicaba a crear. Tiempo después, su cuerpo se rebeló a través de un cáncer de seno y Rosa, lejos de ocultarlo, decidió profundizar en el arte erótico y volverse feminista para reflexionar sobre las enfermedades, la edad y las violencias estructurales.
Corporalidad rebelde
El arte corre por las venas de Rosa: sus padres pintaban, uno de sus abuelos era pintor y decorador, el otro también pintor y profesor de artes. Así que, desde niña, sus manos tomaron los lápices, los colores y las pinturas para hacer sus primeras piezas. En la secundaria dudó un poco cuando tomó clases de botánica: le fascinaban las plantas, verlas en el microscopio, pero su mala memoria no le ayudaba con la taxonomía, así que desistió.
Al final entró a la Escuela de Bellas Artes, en la actual Ciudad de México, donde estudió diseño y un taller de grabado, luego estudió pintura, ¡finalmente!, en el Colegio de Arte, en Massachusetts. De regreso en México, instaló un estudio en su casa de Xalapa, Veracruz, donde trabajaba por las mañanas mientras su hija e hijo estaban en la escuela. En ese periodo, a través de su obra reflexionó sobre su corporalidad haciendo arte erótico velado.

Fue en 2004, momento en que le detectaron cáncer de mama, cuando la forma de mirar su cuerpo cambió. “Empecé a hacer dibujos eróticos y pinturas eróticas mucho más conscientemente y mucho más directas y abiertas”, cuenta Rosa.
El cáncer, según el Instituto Nacional de Cáncer de Estados Unidos, se produce cuando varias células se reproducen sin control y se diseminan por otras partes del cuerpo, es decir, se rebelan. Aunque el cáncer se fue de Rosa, la rebeldía sigue viviendo dentro de ella, se muestra a través de su obra artística.
Como dice la artista Mónica Brinkman en su artículo “La importancia del arte erótico feminista”, los cuerpos femeninos han estado presentes de manera constante en al arte, pero bajo el dictado de la mirada masculina, de allí la importancia de que las mujeres busquen recuperar y redefinir el erotismo.
Las piezas de Rosa plantean la reivindicación de la diversidad de cuerpo y del placer femenino. Es común que en ellas se muestran vulvas, manos y senos con cicatrices, como el suyo después de que le extirparon el cáncer. Sus autorretratos textiles muestran su corporalidad, con todas sus características sexuales, con frases eróticas y también mostrando sus dolores.
El hecho de que Rosa Borrás, como muchas otras creadoras, representase su propio cuerpo y su sexualidad la acercó al feminismo. Sin que ella lo supiera, ya era una rebelde. Como asegura Brinkman sobre el arte erótico de mujeres, “a menudo sirve como herramienta política, desafiando las normas sociales y abogando por la igualdad de género”.

Territorio de una misma
Por ese tiempo, Rosa sabía muy poco sobre el feminismo. Fue en 2009 que empezó un vínculo con las colectivas que ha cultivado hasta el día de hoy. “Me invitaron a colaborar con ellas en una pieza para un 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres). Ahí empecé a pensar: órale, pues yo siempre he sido feminista, pero no lo sabía”, recuerda.
El feminismo se integró al torrente de Rosa a través de las lecturas y reflexiones que se hacían en la Escuelita Feminista de la organización El Taller AC; se expandió a cada órgano, a cada célula, cuando ingresó al Museo de Mujeres Artistas Mexicanas (Muma). “Me di cuenta que había otras artistas trabajando temas similares. No todas las mujeres artistas que están en el MUMA se asumen feministas, pero sí una gran mayoría. Y entonces dije: pues sí, de aquí soy, soy artista feminista”, sostiene Rosa, y el orgullo se nota en sus ojos.
El arte de Rosa se ha nutrido de otras mujeres: primero, de su abuela, quien crió a dos niñas en plena Guerra Civil Española y luego migró a México; después, de la obra de Agnes Martin, una pintora minimalista; Eva Hesse, escultora que innovó con el uso de materiales como el látex, la fibra de vidrio y el plástico; Georgia O’Keeffe, quien trabajó en acuarela pinturas de flores, rascacielos y paisajes; Lorena Wolffer, quien aborda los temas de la violencia de género y diversidad sexual a través del performance, y Frida Kahlo.
“Mi pintora favorita es Frida Kahlo, aunque parezca un cliché, pero creo que era una mujer súper poderosa, muy fuerte, con una obra muy adelantada para su tiempo […] habla de sus dolores, de sus problemas de salud, de los abortos que tuvo, y reivindica su cuerpo como su territorio de lucha. Nuestro cuerpo es nuestra casa, pero también es un territorio que tenemos que defender y cuidar”, afirma Rosa Borrás.

Como dice la feminista descolonial Lorena Cabnal, “el cuerpo no es solo un ente biológico, sino un territorio en sí mismo que sufre opresiones”, y, por lo tanto, “la pelea también es contra las formas estructurales y simbólicas que perpetúan la desigualdad”.
La forma en que Rosa lucha contra esa desigualdad es el arte.
Lo político y lo personal
Para la artista, hablar de su propia experiencia y de los temas que le atraviesan la carne es fundamental en su obra. El bordado le ha servido para ello. El hilo le sirvió para trabajar los autorretratos en grabado que imprimió en tela; de allí pasó a los nombres de personas desaparecidas y a temas de denuncia social.
“Considero mi primera pieza textil con tema político la cobijita de la guardería ABC que hice en junio de 2012 […] Ese fue mi encuentro con el bordado como herramienta política”, cuenta la artista. De allí surgió la muestra “Bordados para no olvidar”, que se expuso en Galería Munive Arte Contemporáneo.
Rosa utiliza el hilo como una forma de expresión y de generar conciencia, para unir otros cuerpos con algo más grande, quizás un mismo corazón, una misma arteria: el colectivo “Bordando por la Paz” se reunía frente al edificio Carolino cada domingo e invitaba a cualquier persona a sumarse a la actividad. Al día de hoy, sigue realizando actividades colectivas para recordar a las personas desaparecidas en Puebla.
De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, que realiza la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas (CNB), desde que inició Bordando por la Paz en 2012 hasta la fecha, 2 mil 357 personas han sido reportadas como desaparecidas y no localizadas en el estado de Puebla.

Ante tal tragedia, el bordado “cumple varias funciones, cumple la función de hacer visibles los temas que a mí me interesa que se siga hablando, que no se olviden, como un archivo textil de memoria, y sirven también para que yo pueda procesar lo que está sucediendo”, dice Rosa. A pesar de que la desaparición es lo que más le cuesta, ella sabe que el arte ayuda a sensibilizar a las personas.
Sus piezas sobre buscadoras asesinadas, sobre los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, forman parte de un tejido, de un músculo, que se va articulando con otras piezas, como “Zurcir la ausencia”, un libro textil de 2021 donde Rosa fue colocando las palabras de 12 mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos.
Dice Liliana Aragón-Castro, en su artículo sobre violencia feminicida en Chihuahua, que “las violencias se manifiestan en los cuerpos y las memorias transitan a través de sus marcas e inscripciones”, pero así como la violencia, como la desaparición, deja una huella en los cuerpos, lo dejan la esperanza y el goce.
“Me di cuenta que yo podía hablar de los temas que me preocupaban utilizando las técnicas y los soportes que yo manejaba […] el arte puede resultar una herramienta para hablar de estos temas y para incidir y para educar”, confirma con todo el cuerpo.
El cuerpo que crea
En 2023, Rosa inauguró su exposición “Yo ya no espero, vivo”, en la Casa de la Cultura, en la ciudad de Puebla. Allí rendía un homenaje a las mujeres de su vida, con las que, más que un vínculo de sangre, comparte una historia. Los textiles que compusieron esta muestra contenían versos de Rosario Castellanos: “feliz de ser quien soy solo una gran mirada: ojos de par en par y manos despojadas” o “mi corazón no es mi corazón, es la casa del fuego”.
Para conocer más sobre la exposición “Yo ya no espero, vivo”, puedes leer la nota de LUMBRERAS “Rosa Borrás rinde homenaje a las mujeres de su vida“.

Así la autora sigue llevando la reflexión a la corporalidad. Pero el cuerpo también enferma, envejece. A sus 63 años se sigue sintiendo de 25, pero los órganos, los miembros, ya no responden igual, aunque la creatividad persiste: con las cajitas de medicamentos hace fanzines donde aborda qué representan esos males crónicos para ella y cómo le afectan.
Rosa imagina su vejez produciendo obra, como las artistas Lenore Tawney y Teresa Serrano. “Me gustaría que justo dejaran de etiquetarnos a las personas mayores, y concretamente a las mujeres mayores, como invisibles”, hay en su rostro una seguridad, sólida como caderas de mujer, cuando menciona esto.
El arte está en la médula de Rosa Borrás, en sus manos, en sus ojos, en su piel llena de pecas y arrugas. Y ese arte es rebeldía, es vida.



